Emociones
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Carlos Sastre / Enero '08
La verdad es que este invierno no he tenido demasiado tiempo libre, debido a la cantidad y calidad de los compromisos a los que he asistido; pero aún así he podido hacer algunas cosas que nunca antes había hecho, como ir al fútbol o a un concierto de música clásica. Como deportista de alto nivel siempre ves a los toros de cerca y pocas veces desde la barrera, por eso, hasta que no te pones al otro lado no valoras muchas de las cosas que sientes o ves.
Como os decía, este invierno fui al estadio Santiago Bernabéu a ver un partido del Real Madrid. Puede parecer sorprendente, pero os aseguro que nunca antes había estado en este gran estadio. Me impresionó gratamente el ambiente que se respiraba y sobre todo la sensación de acceder al campo desde la cuarta planta. Por un instante me hubiera gustado ser un jugador y sentir el furor del público, ver qué se siente desde allí abajo, pisando el verde césped… Y lo digo yo, que soy un privilegiado que tengo la fortuna de sentir desde hace muchos años el calor de miles de seguidores cerca de la carretera animándome. Lo que quiero decir es que ahora también comprendo cómo y por qué el fútbol arrastra a tantos seguidores. Poder disfrutar de un buen partido durante bastante tiempo es agradable y hasta engancha. Curiosamente –y siguiendo con el fútbol– poco después tuve la oportunidad de hacer el saque de honor en el campo del Ávila y de disfrutar de un partidazo de mis paisanos. El estadio era más pequeño, pero el ambiente y el calor de los aficionados era similar.
Entre tanto ajetreo y disfrutando intensamente de un periodo de descanso y de mi familia, un amigo compuso una marcha que lleva mi nombre y que se estrenó el mismo día que yo comenzaba con mis entrenamientos. Tiene un ritmo alegre y parte del himno de El Barraco. Acompañan las notas musicales una serie de soplidos que quieren emular el esfuerzo del ciclista. Esta marcha suena en mi cabeza de una manera especial desde el día de Reyes, en el que tuve la oportunidad de escucharla en directo y el honor de recibir la partitura original de manos del autor de la pieza musical. Es curioso comprobar que la mayoría de las cosas de las que disfrutamos tienen una gran semejanza.
Observar y escuchar son dos requisitos imprescindibles para comprobar que si el director de orquesta, el capitán, el encargado, el maître o el líder, funcionan y dan las órdenes oportunas, todo suena al unísono, sin altibajos, a la perfección. La armonía forma parte del grupo, todos esperan recibir la orden de la batuta que maneja con maestría el director y la ejecutan en el momento justo para que la melodía llegue dentro, muy dentro de aquellos que sienten lo que están viendo y escuchando. Por un momento no sientes nada, pero algo recorre todo tu cuerpo y te llena de energía… Esta sensación, que te suele poner la carne de gallina, la sientes cuando escuchas la música que te gusta, cuando ves una película que te emociona, cuando el cocinero te prepara una comida especial o cuando ves a tu ídolo entregándose al máximo para conseguir el triunfo. Y todos somos capaces de sentirlas y de provocarlas.
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